martes, 10 de abril de 2018

¿ES DIOS UNA INVENCIÓN DEL HOMBRE?





 Los seres humanos pueden vivir sin dioses, pero los dioses le deben la vida a los seres humanos, es decir, son una extensión imaginaria de la realidad, el resultado de una insatisfacción.
(Luis García Montero)

Alrededor de 6 de cada 10 personas en el mundo se consideran creyentes de alguna religión, de los cuales aproximadamente  1.228.621.000 se declaran católicos. Estos, por lo tanto, creen en un Dios, pero ¿es creer en una fuerza superior una invención del hombre para dar respuesta a aquello que desconocemos? ¿O sirve, en cambio, para no sentir miedo ante sucesos como la muerte? ¿Es posible, por el contrario, que forme parte de nuestra propia naturaleza y se haya ido desarrollando a lo largo de miles de años?
Tanto desde la filosofía como desde la ciencia se ha intentado dar respuesta a estas preguntas. Por una parte, diferenciamos a aquellos que, como Luis García Montero en el estímulo, consideran que Dios es una invención del hombre, o bien para huir de la realidad, o bien para cubrir aquellas cuestiones que carecen de respuestas empíricas como, ¿qué pasará después de la muerte? Sin embargo, contrariamente a esta postura, encontramos defensores de la existencia de Dios. Dentro de este grupo podemos distinguir a quienes la demuestran a posteriori, es decir, a partir de su actuación en el mundo, además de aquellos que la demuestran a priori, defendiendo que forma parte de nuestra naturaleza humana y que la capacidad para comunicarse con él se ha ido desarrollando a medida que ha ido evolucionando nuestro cerebro.
Por un lado y, desde un punto de vista filosófico, existen múltiples justificaciones de la existencia de Dios que, al demostrar que este no es una invención del hombre, desmentirían la cita del ensayista y poeta granadino. En primer lugar, según el argumento finalista, el hecho de que al fijarnos en el mundo que nos rodea nos demos cuenta de que todo se adapta a la función que cumple como si hubiera sido proyectado con una finalidad, demuestra la existencia de un Creador. También nos encontramos con el razonamiento del “ajuste fino”, que defiende que las posibilidades de que el universo permitiera la supervivencia y desarrollo de la especie humana son tan remotas que solo puede ser obra de un ser superior. Esta postura ha sido apoyada históricamente por numerosos filósofos como San Agustín, que a través de su teoría de las verdades eternas, el orden del universo y el consenso universal, demuestra la existencia de Dios. Así, el Obispo de Hipona afirma que en el interior de nuestra alma encontramos verdades universales, inmutables, superiores y necesarias, como son los primeros principios de razón. Pero, puesto que su fundamento no pueden ser las cosas físicas (por ser realidades contingentes, cambiantes y mortales) ni, tampoco nuestra alma (también cambiante), debe existir algún ser que posea sus características y sea su fundamento: Dios.
También se puede demostrar la existencia de Dios contradiciendo el estímulo a partir del argumento del consenso universal, que prueba que Dios existe porque la mayoría de los seres humanos afirman que hay una divinidad que creó el mundo. Es decir, que igual que cuando llevamos largo rato mirando el cielo esperando ver una estrella fugaz y justo pasa una mientras mirábamos hacia otro sitio, dudamos y solo nos convencemos de que ciertamente ha pasado si muchas personas la han visto, los que dudan de la existencia de Dios (como Luis García Montero) deberían convencerse de ella ya que son muchas las personas que afirman que existe un ser superior.
Siguiendo esta línea medievalista, San Anselmo de Canterbury también demuestra la existencia de Dios en su obra Proslogion a partir del argumento ontológico, prueba a priori en la que analiza el concepto de Dios planteado en la Biblia. Según este análisis y partiendo de la base de que Dios se define como un ser “mayor que lo cual nada puede pensarse”, el necio, a pesar de no creer que exista, entiende esta definición. Por lo tanto, si el ateo, como el autor del estímulo sobre el que gira esta reflexión, tiene la idea de Dios (que no de su existencia) en el entendimiento, este tiene que existir realmente puesto que dicha existencia es mayor que existir solo en el pensamiento. Además, si Dios no existiese en realidad, no sería el mayor ser que pueda pensarse y entraría en contradicción con su propia definición.
Siglos después y, pasando de la patrística a la escolástica, Tomás de Aquino defenderá la existencia de Dios pero realizando, contrariamente al argumento ontológico planteado por San Anselmo, una demostración a posteriori. Basándose en la doctrina aristotélica y de clara orientación empírica, parte de una evidencia constatada: todos los seres del mundo son contingentes, luego no pueden ser razón última de su existencia sino que deben provenir de un ser necesario. Por eso, a partir de la universal contingencia de los seres del mundo, estructura las llamadas “vías para demostrar la existencia de Dios” que son cinco y se plantean en su obra Summa Theologica.
Así pues, tanto San Agustín, como San Anselmo y Santo Tomás defienden la existencia de Dios, entendiéndolo como creador y causante de lo contingente, incluidos los seres humanos. Además, no dan cabida a considerar que puedan “vivir sin dioses”, como afirma en el estímulo Luis García Montero. Sin embargo, y sin restarle mérito a estas doctrinas filosóficas, los avances científicos y las leyes de la naturaleza han demostrado que estas pueden no ser del todo ciertas. De la misma manera, otros filósofos posteriores con más conocimientos sobre la antropogénesis y filogénesis como el alemán Schelling, continúan defendiendo que Dios forma parte de nuestra naturaleza ya que defiende que existe un “instinto religioso” que nos lleva a la búsqueda dinámica de Dios desde un conocimiento indefinido de él. Es decir, que igual que tenemos un instinto animal que nos lleva a buscar cobijo cuando hace frío a pesar de que desconozcamos dónde lo encontraremos, tenemos un instinto religioso que nos lleva a buscar a Dios aunque no sepamos qué es exactamente. Al afirmar que “todo instinto está conectado con la búsqueda del objeto que constituye su objetivo”, este se opone a lo planteado por García Montero ya que niega que podamos vivir sin dioses al no poder ignorar esa estrecha conexión que, aunque pueda pasar inadvertida a nuestros sentidos, existe entre el instinto y el objeto (Dios).
Pero, por otro lado, también existen múltiples argumentos científicos y filosóficos que se oponen a la existencia de Dios, comenzando por las críticas a los argumentos planteados anteriormente. Por ejemplo, la teoría de la evolución de Darwin expuesta en su obra El origen de las especies demuestra que la razón por la cual todo se adapta a la función que cumple, como si su finalidad hubiera sido proyectada, es porque los distintos seres vivos se han ido adaptando al medio vital legando sus características a sus descendientes: “Si las condiciones de vida cambian y la forma experimenta modificación, la descendencia modificada puede adquirir la uniformidad de caracteres simplemente conservando la selección natural variaciones favorables análogas". Asimismo, es obvio que hay ciertos sucesos cuya probabilidad de ocurrencia es muy pequeña, como que tu décimo de la lotería salga premiado, pero esto no significa que sea un suceso imposible.
Contrariamente al anteriormente citado argumento cosmológico de Santo Tomás, hay quien considera que la premisa de la que parte (todo tiene una causa) contradice a la conclusión (solo Dios no tiene una causa), y que el hecho de que se le defina como “sobrenatural” solo aumenta la sospecha de que los fundamentos del argumento son incoherentes. Dentro de esta tendencia destaca Nietzsche, que en su obra La Gaya Ciencia, defiende que la única razón por la que el ser humano cree en un Dios es porque es incapaz de aceptar el mundo tal y como es, es decir, debido a su incapacidad para aguantar las crudezas del mundo recurre a los dioses como un “apoyo, sostén”. Asimismo, en esta obra perteneciente a su período ilustrado, Nietzsche plantea la misma idea plasmada en el estímulo por Luis García Montero, al afirmar que “[…] menos podría subsistir Dios sin insensatos”. Esta concepción es compartida por Marx, quien además menciona la “alienación religiosa” por ser la creencia en Dios un instrumento de la clase dominante para controlar al proletariado, como queda claramente reflejado en su obra Crítica de la filosofía del derecho de Hegel.
Pero, ¿y en la práctica? ¿Qué sucesos dan explicación a la naturaleza divina? ¿Qué hay de las evidencias históricas y de los experimentos científicos? El filósofo empirista británico Francis Bacon afirmaba: “Poca ciencia aleja muchas veces de Dios y mucha ciencia conduce siempre a él. Como he mencionado con anterioridad, Charles Darwin sostiene que el ser humano ha ido evolucionando a lo largo de los siglos, por lo que habrá que remontarse a las primeras referencias a los dioses para poder dar respuesta a la cuestión filosófica planteada.
 Los primeros homínidos en hacer ritos funerarios a sus muertos fueron, según los antropólogos, los heidelbergensis, hace unos 600.000 años. Estas afirmaciones son posibles gracias a los descubrimientos en los yacimientos arqueológicos y a las pinturas rupestres en las cuevas. Sin embargo, hay aspectos que los arqueólogos y científicos no tienen del todo claro. Como, por ejemplo, ¿qué fue lo que causó el desarrollo de estas nuevas inquietudes metafísicas? La respuesta para los partidarios del desarrollo de la creencia en Dios es clara: la cerebración (concretamente el desarrollo del lóbulo lateral derecho) y el desarrollo de la inteligencia. No obstante, contraargumentando esta tesis, se puede afirmar que precisamente ese desarrollo de la inteligencia llevó al hombre al miedo a lo desconocido y a inventar divinidades. Pero, ¿en diferentes partes del planeta se inventaron las divinidades a la vez? ¿Por qué a raíz de los descubrimientos de las pinturas de animales en cuevas situadas a miles de kilómetros de distancia, se considera que el ser humano desarrolló la actitud estética pero no se considera que por el mismo motivo pudiese desarrollar la sensibilidad religiosa? La carencia de respuestas y el argumento del consenso universal de San Anselmo, pueden llevar a afirmar que realmente Dios forma parte de nuestra naturaleza humana y que nuestra religiosidad se ha ido desarrollando junto con nuestro cerebro.
Sin embargo, existen estudios científicos que parecen demostrar lo contrario. Un ejemplo de ello es el realizado por el neurólogo Michel Persinger, que inventó un dispositivo denominado “casco de Dios”, en el que los sujetos decían sentir otras presencias, que resultaron ser producto de la estimulación del lóbulo temporal. De ahí que Persinger concluyera que cualquier presencia que los sujetos sintieran, incluidas las relacionadas con algún aspecto religioso, era producto de su cultura. Por tanto, los resultados de dicho experimento reforzarían la postura del autor del estímulo.
Por otro lado y, justificando la hipótesis de que Dios forma parte de nuestra naturaleza, encontramos otro experimento llevado a cabo por el genetista Dean Hamer, en el que el descubrimiento de un gen concreto en las personas con inclinaciones religiosas podría llevar a afirmar que nuestro cuerpo ha sido diseñado para poder comunicarnos con Dios, desmantelando la afirmación expuesta en el estímulo: “Los seres humanos pueden vivir sin dioses, pero los dioses le deben la vida a los seres humanos, es decir, son una extensión imaginaria de la realidad, el resultado de una insatisfacción”.
Por lo tanto, tras analizar distintas teorías filosóficas y científicas acerca de la existencia de Dios, podemos concluir que la respuesta a la pregunta planteada está basada fundamentalmente en nuestras creencias. Sin embargo, teniendo en cuenta las diferentes evidencias, considero que los componentes del mundo son demasiado perfectos y encajan demasiado bien como para ser casualidad. Además, creo que el desarrollo de las sensibilidades religiosas y la existencia de una variante de un gen que forma parte de nuestro ADN son pruebas evidentes de que Dios no es una invención del hombre, sino que efectivamente forma parte de nuestra naturaleza. De esta manera, podemos demostrar racionalmente la existencia de Dios, siguiendo el ejemplo de San Agustín: “Intellige ut creadas, crede ut intelligas”

 Julia Ramírez Simón



martes, 13 de junio de 2017

SOBRE LA ÉTICA NARCISISTA: ¿DEBEMOS CONSUMIR ANIMALES?




Beeeeee!” – suplicaba Blanquita. Gritos de dolor me estremecían, me resultaban familiares, comprendía su lengua.  – Ella parecía estar más a gusto cuando era reducida a objeto de consumo; una prenda, una vianda, si eso le otorgaba la vida, como regalo. Ingenua, no comprendía que esa vida no merecía ser vivida, tenía derecho a ser libre. Sobre la dignidad de la persona hablaban los narcisistas antropocentristas, hipocresía y desconocimiento a la vez entraban en los oídos de Blanquita. Los valores del beneficio propio, el mal menor, y el falso sentimiento de supervivencia y de libertad afloraban en los corazones de aquellos que dejaron morir a una indefensa cordera, como cómplices de su asesinato, y con la mentira entre los dientes, donde debía existir remordimiento.

Quiero avivar la llama de una lucha que parece perdida a día de hoy (considerando que la cultura occidental se basa en los productos de origen animal), con el fin de conmover y de cambiar, porque "la rebelión es una de las pocas posiciones filosóficas coherentes; le da valor a la vida", como afirmaba Albert Camus en El Mito De Sísifo. 

El código ético que el hombre occidentalizado abraza en el siglo XXI, esconde tras una cortina de caridad y de justicia, la verdad de la malevolencia injusta, clasificando como un “bien” al animal capaz de sentir y desarrollar una personalidad sin la opresión del más fuerte. Hemos dejado atrás el racismo para acabar hundidos en un terrible especismo, y es la falta de empatía ante la evidente verdad la que extingue esa llama.

Por eso, no debemos consumir producto animal porque:

1.      Debido a nuestra superioridad en el ámbito intelectual, respetarlos, y velar porque sean respetados es nuestra responsabilidad.
2.      Ser solidarios con aquellos que presentan un parentesco filogenético con nosotros es nuestro deber.

A lo largo de la historia, el hombre ha usado como pretexto el racismo o el sexismo para discriminar a quien consideraba diferente. A día de hoy, seguimos sobrecogidos por esa misma heteronomía, oculta, aunque algunos de los que comprenden la inmoralidad de sus actos, los han cesado. Tanto la experiencia del ser humano en este mundo como su desarrollo intelectual favorecen un posible futuro de tolerancia y de respeto a los otros.  Tenemos un cargo de índole igualitaria, para compensar todo el daño y sufrimiento que hemos causado, de la misma manera que lo tiene el hombre sobre la mujer por siglos de opresión. El veganismo es la respuesta correcta a esta cuestión, porque acredita la responsabilidad del hombre sobre el medio, y recuerda cómo a lo largo de historia, este ha estado evadiéndola fundamentándose en la ética de la virtud natural y del bien humano.

 Todos los animales de hoy, han crecido bajo la tutela de un ser que declara tener el derecho a explotarlas por y para su consumo, decidiendo sobre su vida. Sería adecuado brindarles la posibilidad de desarrollarse libremente en la medida de lo posible para que estos no queden atrapados bajo el conocido “síndrome de la domesticación”, que les genera de forma innata la dócil obediencia al maestro. Debemos considerar entonces que nuestra capacidad intelectual debe ir ligada a nuestra capacidad de compartir, pues eludir la responsabilidad más tiempo supone egoísmo, valor que aquellos narcisistas tachan de “negativo”.

"Un gran poder conlleva una gran responsabilidad." – Franklin D. Roosevelt & Tío Ben (Spiderman)

Fue Immanuel Kant, uno de los seguidores de este narcisismo filosófico, el que expandió por primera vez el concepto de dignidad, indicando que es una cualidad exclusivamente humana, y no de cualquier otro animal. Siendo Kant un racionalista, parte de la base de que nuestra razón nos ha habilitado nuestra dignidad, pero, cuándo la adquirimos? Fue cuando el hombre miró por primera vez las estrellas? Fue cuando nació este señor? En qué momento se manifestó esta nuestra dignidad? Es difícil determinar el instante en el que el hombre “ya no fue animal”. Por eso, cabe la posibilidad de que el resto esté enfrentándose a este paulatino avance y, por tanto, deberíamos concederles el don de la dignidad a ellos también. Peter Singer, filósofo animalista argumenta que a pesar de que los animales dan muestra de menor inteligencia que el ser humano medio, muchos seres humanos con retraso mental grave muestran una inteligencia comparable a la animal, y eso no justifica que se otorgue menor consideración a los humanos con retraso mental.

 La herramienta que utiliza el ser humano para desarrollar valores universales de igualdad, como la dignidad, es la empatía. La empatía nunca antes se había aplicado a seres no humanos, mas su introducción correcta en la misma ley formulada en el imperativo categórico de Kant: «Obra de tal modo que uses a la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como fin y nunca simplemente como medio» (Fundamentación de la metafísica de las Costumbres), sustituyendo lo humano por lo sensible*, nos hace darnos cuenta de que es perfectamente válida para el resto de animales. No matamos porque no nos gustaría que nos matasen, seamos humanos, seamos vacas, no debemos usar tampoco a aquella oveja como medio para tejer un abrigo de lana. Es una obligación moral (fin en sí mismo), por tanto, servirse de la empatía, y, por ende, de la consiguiente moral universal con todo ser sensible; siente dolor si es apuñalado, siente placer si es liberado.

* (Me atribuyo ahora el derecho a catalogar como seres sensibles  a todos aquellos que cuenten con un sistema nervioso, descartando a seres vasculares como las plantas, porque no pueden sentir: "la pregunta no es, ¿pueden razonar?, ni ¿pueden hablar?, sino ¿pueden sufrir? como afirmó Jeremy Bentham en su Introducción a los principios de moral y legislación. De esta manera, la minimización del sufrimiento, clave en el pensamiento del pensador utilitarista inglés, Singer intenta solucionarla con una filosofía vegana).

Sin embargo, a veces ocurre que los filósofos narcisistas se transforman en biólogos naturalistas, y resumen la más evidente refutación en torno a la alimentación humana: “somos omnívoros”, y, por tanto, “podemos comer animales”.

El mismo positivismo de Comte, que se aplica a la ciencia y la religión, es una válida respuesta a esta pregunta porque el sacrificio del pasado no justifica la inmoralidad del presente. Es cierto que hemos necesitado una alimentación omnívora para llegar a nuestro estadio actual, por una razón cuya lógica es aplastante: cuantas más cosas podamos comer, más fácil es sobrevivir, perpetuar la especie, y evolucionar. No obstante, habiendo servido ya en el pasado, hoy podemos desechar la parte carnívora porque no nos es necesaria para sobrevivir. Como ejemplo sencillo, en relación al consumo animal directo: antes de la invención del fuego, el ser humano era capaz de tolerar la carne cruda cazada en el acto (incluso carroña), y estaba dotado de una dentadura y una mandíbula idónea para ello. Hoy los caninos han quedado obsoletos gracias al uso de los cubiertos, y, por regla general, no es sano para el cuerpo humano consumir carne cruda, por eso la cocinamos. Estos hechos son los primeros indicios de que debemos ir desechando la carne hasta acabar etiquetándonos de herbívoros. Por otro lado, el resto de animales que comen otros animales no son capaces de plantearse esta cuestión si quiera, ya que no han llegado a desarrollar principios morales universales, por ello, su asesinato está justificado. Les es necesario para prosperar.

Por supuesto, cada ser humano es libre en su totalidad, y si eso le implica utilizar animales como medio para su bien, está en su derecho (moral y legal), debe poder hacerlo. Aun con todo, es mi deber promulgar la ética emotivista del bien, que conocemos ignorar, de la que ha huido la inmensa mayoría de occidente, (evadiendo la importancia del concepto de “matadero”, por ejemplo) para que aquellos que obren el mal sean conscientes de que lo están haciendo. Y así sea, que esta ética axiológica que abrazo posibilite un futuro para aquellos seres que merecen nuestro respeto ahí donde apreciamos nuestras raíces, dado por aquellos que, a priori y con la desidia de las consecuencias, decidimos obrar el bien.

“Obra sólo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley universal. Obra como si la máxima de tu acción pudiera convertirse por tu voluntad en una ley universal de la naturaleza”– Kant-



Disertación realizada por un alumno de Bachillerato
Imagen: "Viñeta", El Roto

viernes, 26 de mayo de 2017

¿ADIÓS AL ALMA?


Solemos identificar el término “alma” con palabras como aliento, soplo, respiración, vida. A veces, el alma también es concebida como una especie de fuego, fuego que se apaga con la muerte. Por lo general, todas las culturas se han familiarizado con el concepto de alma. Se habla del alma de las personas, de los pueblos, de los animales, de los ríos, de las montañas, de las obras de arte. Todo lo que tiene vida tiene alma. Sin embargo, hay excepciones: en el pensamiento chino arcaico se partía de que no todos los individuos tienen alma: se pensaba que el alma era una especie de espíritu, de dios menor, que descendía del cielo, se instalaba en el interior de las personas y, si se sentía “a gusto”, se quedaba para siempre; pero también podía “emigrar”.
Se ha sido, pues, muy generoso con el término “alma” asignándole una amplia gama de significados. Henri Bergson murió clamando por un “suplemento de alma” que detuviese la Segunda Guerra Mundial. Estaba convencido de que, si la humanidad no da una oportunidad al alma, al espíritu, quedará aplastada por el peso de su propio progreso tecnológico. Tener alma significaba para él vivir en profundidad, no pasar de puntillas por la vida. Quien no tiene alma, sentenció Søren Kierkegaard, vive en “el sótano de su propio edificio”.
Es un privilegio de la filosofía y de la teología plantear preguntas que carecen de respuesta empírica. El alma es, sin duda, una de ellas. Su permanente presencia en la historia del pensamiento humano se debe, como sentenció Spinoza, al afán por “durar”. Ante la evidencia de que el cuerpo se descompone y desaparece, apelamos a un principio espiritual, no empírico, que nos garantice la duración eterna, la inmortalidad. Es el gran servicio que desde siempre nos viene prestando el alma. Ya Platón la declaró "inmortal". Solo el cuerpo, al constar de partes, se corrompe; pero el alma, al ser una realidad simple, es inmortal. Además, si las ideas que capta el alma son eternas, también esta lo será.
Salta a la vista que la teoría de Platón presupone la separación entre alma y cuerpo, es dualista. Se suponía incluso que el cuerpo era la cárcel del alma; una convicción que fue llevada al extremo por Aristóteles en un diálogo de juventud, el Protréptico. Cuenta allí Aristóteles que los piratas marinos etruscos torturaban a sus prisioneros atándolos vivos a cadáveres, “rostro con rostro”, hasta que morían. Es, pensaba el Aristóteles joven, la situación del alma: está atada al cuerpo como los prisioneros a los cadáveres.
Es obvio que la antropología actual no acepta esta separación entre alma y cuerpo. Tampoco la antropología bíblica conocía el binomio alma-cuerpo. El ser humano era concebido como una unidad psicosomática. En la actualidad, la posible vida más allá de la muerte no se expresa en forma de inmortalidad del alma. Y ello a pesar de que Karl Rahner reconocía que la separación alma-cuerpo se convirtió en la “clásica descripción teológica de la muerte”, es decir, la muerte acontecía cuando el alma abandonaba su pobre morada terrenal.
En nuestros días continúa siendo de especial trascendencia la impronta que Kant asignó a la inmortalidad del alma. La postuló desde el convencimiento de que los seres humanos, al actuar moralmente, se hacen dignos de una felicidad que este mundo nunca ofrece. Según Adorno, a Kant le movía “el ansia de salvar”; postuló la inmortalidad del alma para no tener que “pensar la desesperación”. Y, en la misma línea, tal vez proyectando su propia ansia de inmortalidad, escribió Unamuno: “El hombre Kant no se resignaba a morir del todo”. En realidad, la afirmación kantiana de Dios y la inmortalidad es indirecta: Kant pone el acento en el sombrío panorama que se seguiría si Dios y la inmortalidad fuesen una quimera. En ese caso, la esperanza en un final benévolo para el peregrinar humano quedaría muy ensombrecida, y las posibilidades de encontrar un sentido último a la vida se verían muy mermadas.
Hasta el siglo XVIII, la inmortalidad del alma no pasó grandes apuros. Pero, por aquellas fechas, haciendo gala de un empirismo insobornable, David Hume vinculó indisolublemente el destino del alma con el del cuerpo. Observó que las peripecias del segundo afectan a la primera. Así, en la infancia, la debilidad del cuerpo y la del alma corren paralelas; de la misma forma, el vigor corporal de la edad adulta corre paralelo con el vigor del alma; y, cuando en la vejez declinan las fuerzas corporales, se debilita también el alma. Hume concluyó: cuando muere el cuerpo, muere también el alma.
La filosofía tradicional acusó el golpe. Veníamos de aceptar, con notable placidez que, tras la aniquilación de nuestro cuerpo, el alma corría mejor suerte y alcanzaba el estatuto de “forma separada” del cuerpo. En ese estado permanecía hasta que la resurrección le permitía volver a tomar las riendas del cuerpo resucitado. Pero hace tiempo que ni la filosofía ni la teología saben qué hacer con el “alma separada”. Xavier Zubiri afirma que “quien sobrevive y es inmortal no es el alma, sino el hombre entero”. Algo que recordó Ignacio Ellacuría en su presentación del libro póstumo de Zubiri, Sobre el hombre. Ellacuría dejó claro que, según Zubiri, “con la muerte acaba todo el hombre o acaba el hombre del todo”. Zubiri abandonó, pues, la hipótesis del “alma separada” y se adhirió a la solución de la “muerte total”. Es también la hipótesis aceptada por grandes exponentes de la teología cristiana más reciente. Moriremos, pues, por completo; y resucitará “la persona entera”. A la pregunta “¿cómo sucederá todo eso?”, la teología remite con humildad al insondable carácter misterioso del tema. Estaríamos, en feliz expresión de Laín Entralgo, ante “un saber de creencia, no de evidencia”.
La pregunta es obligada: ¿qué hacer, entonces, con la palabra “alma”? Reina bastante unanimidad: el alma continuará siendo siempre el término de referencia de todo lo que somos y hacemos: sentir, pensar, querer, recordar, olvidar, crear, amar… Joseph Ratzinger lo expresa teológicamente: “alma es la capacidad de referencia del hombre a la verdad y al amor eterno”.

Toda nueva creencia, antes de ser generalmente aceptada, va conquistando su espacio de forma imperceptible. Podría ser el destino del binomio alma-cuerpo. Es posible que estemos ante una creencia desgastada. Ya se sabe que la variada plasmación de las ayudas filosóficas y teológicas es cambiante y suele tener fecha de caducidad. El tema alma-cuerpo no es una excepción. En todo caso, si el desgaste de los siglos se empeñase en jubilar tan ancestral creencia, habría que agradecerle los inmensos servicios prestados. Siglo tras siglo mantuvo la esperanza de que, a pesar de la evidente desaparición del cuerpo, permanecía lo más importante de nosotros, lo más nuestro, el núcleo de nuestra identidad, nuestra alma. Hay palabras “que tiemblan”, reconocía Antonio Machado. Tal vez el alma sea una de ellas. Pero el poeta le echó un conmovedor cable: “quisiera traerte muerta mi alma vieja”.

Artículo publicado por Manuel Fraijó en el diario El País
Imagen: "La décalcomanie" de René Magritte

miércoles, 18 de enero de 2017

MÁS PLATÓN Y MENOS DORA, LA EXPLORADORA


En la Universidad de Londres, el sindicato de estudiantes de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos ha exigido que desaparezcan del programa filósofos como Platón, Descartes o Kant. Por racistas y colonialistas. En su escrito, el sindicato se refiere a estos —y a otros personajes históricos— como “filósofos blancos”. Además, demanda que sean estudiados únicamente si el alumno lo solicita y siempre poniendo su pensamiento “en el contexto”. Por ejemplo, los filósofos de la Ilustración deben ser explicados —y desacreditados— junto a su “contexto colonial”.
Resulta paradójico que en una universidad —que se supone es, entre más cosas, el lugar donde todas las ideas fluyen, se confrontan y permiten el surgimiento de otras nuevas— haya quien prohíba mostrar ideas de pensadores que, guste o no, han conformado el mundo en que vivimos. Más paradójico todavía es que esta reivindicación se base en una especie de... ¿antirracismo racista? ¿Qué tienen en común Platón y Descartes? Que son blancos. Bueno, ojo con Platón. Si apareciera hoy en un aeropuerto europeo con su verdadero aspecto probablemente sería deportado. Y que son colonialistas. Es decir, para estos alumnos nada ha cambiado entre la Atenas del siglo IV antes de Cristo y la Francia del XVII. Al parecer, además de la Filosofía, tienen problemas con la Historia.
Pero la cuestión no es esa. En una época donde a la mentira le llamamos “posverdad” y al totalitarismo social “corrección política”, no es difícil quedar a expensas de un grupo —por pequeño que sea— organizado y dispuesto a imponer cualquier disparate ante una mayoría aterrorizada de que la etiqueten si se le ocurre oponerse. Resulta obvio que ningún personaje histórico resiste cinco minutos un análisis con los ojos de hoy en día. Por ejemplo, Platón perseguía a sus alumnos para enseñarles algo que no es precisamente el mito de la caverna.
Luego viene el fenómeno snowflake student (estudiante copo de nieve). No solo tengo derecho a elegir asignaturas, sino los contenidos de estas. Y aunque no tengo ni idea —ni quiero tenerla—, puedo arrinconar a quien sea para exigir que ni me mencione contenidos que desafíen lo que pienso, alegando que son “ofensivos”. Ahí tenemos lo ocurrido en la Universidad de Glasgow, donde se previene a los estudiantes de Teología —atención, Teología— de que las imágenes de la crucifixión pueden resultarles “incómodas”. Si esto sigue así, van a terminar incluyendo en la guía docente Dora, la exploradora.
En estos tiempos del “arden las redes sociales”, uno de los últimos reductos de pensamiento libre y reflexivo es la Universidad. Lo que suceda en esa institución ad intra —perdón por el uso del latín imperialista— resulta crucial para conformar la sociedad de los próximos años. Si la Universidad también cae en manos de la nueva inquisición del totalitarismo ofendido apoyado por los indignados de guardia en las redes sociales —inquisición que ya deja sentir su larga mano en otros ámbitos—, tal vez sea mejor cantar como Javier Krahe: “Pero dejadme, ay, que yo prefiera la hoguera, la hoguera, la hoguera"

Artículo publicado por Jorge Marirrodriga en su columna "El acento"
Imagen: Miguel Brieva (viñeta)


domingo, 6 de noviembre de 2016

¿HA MUERTO LA METAFÍSICA?



Is this the real life? Is this just fantasy? ¿Realmente nos interesa saberlo? ¿Si se nos presentase la oportunidad de quedarnos en el país de las maravillas y ver hasta dónde llega la madriguera del conejo, lo haríamos? Más aún, ¿lo necesitamos? 

Vivimos en un mundo globalizado, en expansión, muy lejano tanto cultural como socialmente de aquella temprana sociedad de la antigua Grecia, con sus innovadores físicos y filósofos que permitieron el avance del pensamiento en una época poblada por dioses y leyendas, mitos e historias, creadas para satisfacer la necesidad de conocer. Estos primeros pensadores llenaron las ágoras, abiertas a todo aquel dispuesto al diálogo, con afán de conocimiento. 

¿Pero han de ser las cuestiones comentadas en esas plazas, ya vacías, las que hemos de cuestionarnos hoy en día? Ciertamente en la década de los 60 podríamos llegar a la conclusión de que el posible invierno nuclear era un tema serio del que nadie se atrevería a hablar de forma liviana. Pero a día de hoy, películas como Mad Max o, videojuegos como Fallout nos demuestran justo lo contrario: que aunque el tema no haya dejado de tener su evidente importancia, la gente ha aprendido a vivir con ello y a avanzar hacia problemas más relevantes, pues “el progreso y el desarrollo son imposibles si uno sigue haciendo las cosas como siempre las ha hecho”, como comentó Wayne Walter Dyer.

Y es que es evidente que, la metafísica, presenta una gran cantidad de interrogantes para los que no hay una respuesta clara y objetiva. Esto se debe a que la mayor parte de las corrientes filosóficas desembocan en una concepción del mundo en la que nada es seguro, ni siquiera nuestra propia existencia. Debido a ello, aparece una visión en la que se menosprecia lo que nos rodea ante un mundo aparentemente distinto, como afirmaba Platón con su mundo de las ideas.

Este escepticismo podría considerarse erróneo, pero ¿no es mejor que aceptar el dogma de que nuestro mundo es real sin pensarlo, o al contrario, podríamos pensar que poner en duda la propia duda sería una falacia en la que se caería irremediablemente al atacar a la metafísica?

Lo que es evidente es que esta posición gnoseológica ha permitido grandes avances a lo largo de la historia, desde el gran milagro laico del siglo vi a. C. en el que se abandonó el mito y se comenzó a utilizar el logos, hasta la búsqueda de los límites del conocimiento humano para determinar qué es aquello que podemos o no conocer, como afirmaría Immanuel Kant en su "Crítica de la razón pura". 

Ahora bien, si el escepticismo es algo tan común, utilizado no sólo en discusiones filosóficas de alto nivel, sino también como un recurso que empleamos para valorar de una manera más objetiva aquello que nos dicen, ¿no debería, entonces, poder ser empleado en situaciones como si el mundo en el que vivimos es real?

A fin de cuentas, es este modelo epistemológico en el que se fundamenta una de las herramientas principales de la ciencia moderna: el método hipotético-deductivo. La cuestión es, si ser escéptico permite a un científico realizar un descubrimiento, ¿por qué no ocurre lo mismo con la filosofía? ¿Acaso no será que las respuestas que busca simplemente no existen?

Nietzsche respondería de una forma rotunda: “Solo comprenderemos aquellas preguntas que podamos responder.” Si el enunciado no tiene solución, no tiene sentido plantearse dicha cuestión. La imposibilidad de determinar si nuestra vida es un sueño, pues no existe un estado de vigilia (parafraseando a Descartes), nos impide formar un diálogo racional acerca de dicha pregunta, más allá de cuestionarse la estabilidad de una peonza en los últimos fotogramas de una película.

Pero, al desprendernos de la importancia de este tipo de debates, también lo haríamos de una gran cantidad de interrogantes necesarios para tratar temas tan relevantes como la verdadera identidad del "ser" o la posibilidad de encontrar una verdad absoluta. Interrogantes no precisamente poco frecuentes a lo largo de nuestras vidas como seres pensantes, pues, en palabras de Rabindranath Tagore, “hacer preguntas es prueba de que se piensa”.

Desde los albores del pensamineto, los hombres han estado movidos por la satisfacción producida al conocer, por la pura curiosidad. Así, fenómenos tan normales como la lluvia o el paso del día a la noche han sido motivo de exploración hasta la posibilidad de la existencia de vida en otros planetas en nuestros días. La metafísica es simplemente ir un paso más allá, no cuestionarse algo del "ser", sino del "ser en cuanto a ser", o lo que es la mismo, de la verdadera realidad y, si esta, podremos llegar a conocerla.

No cabe duda de que la metafísica es una demostración clara de que la filosofía no es solo una reunión de café, pues consiste también en dar un paso atrás y analizar la situación con otros ojos, con un pensamiento más abierto, en el que se cuestione absolutamente todo porque “es preciso dudar, en cuanto sea posible, de todas las cosas”.

Es por esto que, durante la mayor parte de la historia de la filosofía, se haya considerado a la metafísica como una rama crucial e imprescindible de este saber. Sin embargo, esta importancia se ha visto irónicamente puesta en duda en los siglos recientes con la aparición de nuevas corrientes de pensamiento como el positivismo científico de Comte, estipulado claramente en la fórmula: "el amor como principio, el orden como base, el progreso como fin.”

Por eso, tratar temas que no tengan una utilidad directa en nuestra sociedad causa que el interés por la metafísica y por sus cuestiones decaiga, como un teatro que por falta de nuevas ideas pierde el público que una vez se acercó con cierta curiosidad ante lo diferente.

Así pues, la solución tal vez se encuentre en que estas nuevas divagaciones deberían tener más que ver con los problemas que actualmente se afrontan. Quizá sea necesaria una filosofía más activa y más entregada a su público, y no al uso de un vocabulario complejo para comentar cuestiones que todos saben pero que nadie entiende, pues “los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata ahora es de transformarlo, de cambiarlo”, como diría Marx.



Texto: Diego González, alumno de 1º de Bachillerato Internacional
Imagen; Patricia Alonso-Cortes (fotografía)